Amantes de las pulgas.

Ya es hora de escribir algo con sentido, ponerse el guante derecho de boxeo y desatar la mierda hasta el punto inminente de provocar ernias sociales en todo lo que toquen estas vacuas letras.

Para nadie es un secreto que el bello sistema social que nos alimenta compasivamente con su basura es un abyecto monstrito lleno pulgas que nos empiezan a picar lenta y dolorosamente. Y nadie dice nada. Esas pulgas en forma de billetes o en algunos casos de monedas, a todas y cada una de las personas del planetita trampa se nos hace tan vilmente necesaria la picasón y también el escozor concedidos por éstas tan deliciosas pulgas, que no nos importa ir por ahi con el cuerpo lleno de ronchas e irritado. Mientras tanto el monstrito sigue llenándose la pequeña pero al parecer insaciable panza con la excelsa sangre nuestra. Si, para nadie es un secreto y mientras mi alacena se sigue vaciando de comida y se va convirtiendo en cama para cucarachas, me pregunto entonces ¿Qué belcebuces pasa con el “maravilloso” homo sapiens, que a sabiendas del denuesto que le encasquillan en la jeta no se inmuta mas que por tener (o mantener) una falsa comodidad a la que ha sido sometido de manera engañosa? ¿Qué demonios sucede, de donde saca tanta dignidad y parsimonia para soportar lo aciago que nos hace vivir el monstrito?

Evidentemente no busco una respuesta para ésta, mi imbecilidad. Evidentemente lo que busco es un reproche eterno, inerme y sin sentido pues es el sentido que usted, querido ser humano, le ha querido dar. Que no estoy de acuerdo con su forma de actuar es bien ya sabido, al menos eso trato de dejar claro en estas líneas, que por otro lado, solo pueden ser esnifadas por los no masoquistas, quienes buscan la manera de librarse de las inicuas pulguitas primero y del abominable monstrito después.

Querido homo sapiens, tenga la amabilidad, al menos, de contarme por qué le gusta tanto la ignominia y andar rascándose todo el tiempo donde lo muerden las pulgas, cuénteme por qué jamás intentó con contundencia deshacerse del monstrito que con el tiempo se hará monstruo y como lo deje usted seguir alimentándose de esa manera tan abrupta llegará a ser Monstruote. Amabilísimo ser de telencéfalo altamente desarrollado, dígame para qué le sirvió ser dios, ser el supremo animal. Para qué si ahora vaga por los vagones de un tren: triste, aburrido, ensimismado, muerto en vida, mutilado por un par de auriculares, dependiente corporal de un aparatito con teclas, luces y sonido. ¿Para eso quería usted tener pulgares oponibles? Detestable. Sin embargo tengo una pequeñísima esperanza en usted porque, aunque me avergüence decirlo, se parece mucho a mí y básicamente tenemos similares necesidades aunque yo no concibo como puede usted considerar como necesidad algunas futiles actividades que repite insistentemente.

Le escribo desde mi encierro porque no lo soporto pero a la vez lo quiero, no soporto su sumisión. Le escribo para desearle el mejor ánimo pues lo necesita, aunque se lo merece por su infinita estupidez, por su masoquismo incesante. Algún día, vivo o muerto, se dará cuenta de que no necesitaba dominar el mundo para ser feliz. Ahora lo domina y vive en una sempiterna disputa llena de odio y envidias, vive matando, mata para vivir y en otras latitudes mata para que no lo maten. Usted como yo, sólo necesitamos comer, dormir y satisfacer los deseos lascivos de la carne, entonces no se empecine en tener automóviles de lujo, un televisor encendido 16 horas al día, y un montón de fruslerías que a la postre (también) son innecesarias. Desde ya vaticino que si no es capaz de apegarse al desapego, su vida será un tortuoso preámbulo de la muerte y su muerte la entrada a una eternidad de lamentaciones. Quería escribirle al principio algo con sentido pero frente a su caminar (y accionar) fatuo ¿Cómo responder? Pues con mi veleidad por lo absurdo. Que tenga mucha suerte.

Antígona

Cuarta Aparte

Inmediatamente después de que se apagaron las luces un aterrador silencio absorbió la sala. Estruendos luego, gritos, luces y un proyector que regalaba imágenes gigantes y bellas al fondo de la nave. El segundo posterior al inicio se convirtió en la antesala a un desborde de pasiones, y nunca mejor dicho cuando se trata de la muerte ajena, por manos también ajenas y asesinas.

Llegué justo a tiempo para deleitarme con la exquisitez de la obra y no puedo quejarme del sitio que me tocó, pues desde él se pudo ver perfectamente el trabajo realizado por los jóvenes de Cuarta Aparte quienes con un despliegue de talento y con pocos fallos sobre escena (que imagino se sucedieron por la mala acústica del sitio u otros pormenores dignos de excusarse); supieron exaltar los corazones asistentes, que retozaban en una lúgubre alegría al final de la obra, ofreciendo jubilosos la apoteosis del aplauso.

La obra Antígona es admirable mas allá de su contenido, espejo que refleja una realidad desgarradora, situación o circunstancia que se vivió, se ha vivido y se sigue viviendo ya no en España donde aún se intenta conservar la memoria, la verdad y hacer justicia con las víctimas del franquismo; sino también en muchos otros países llamados del “tercer mundo” en donde se sigue jugando tenebrosamente con las vidas de hombres y mujeres, donde no vale nada morir, donde cuesta vivir en tranquilidad, donde se sufre por el sosiego. No pude evitar sucumbir al plañidero recuerdo que me persigue insidiosamente y que con su cosquilleo me perturba al andar. Colombia.

Vagaba errando por las calles, cual mísero pordiosero sin acera al terminar la función, y sólo podía tener en mi mente aquellos cruentos testimonios de desplazados, de indígenas perseguidos, de presos políticos que han sido torturados y que siguen siendo acechados como venados  por un felino gobierno depravado y depredador que no deja su cinismo ni para ir al baño a lavarse las manos llenas de sangre y tierras robadas. Cuarta Aparte solo puede merecer mi admiración por un trabajo terriblemente bello, cargado de contenido poético, lírico y absurdos políticos. La risa y el llanto se fundieron en un intento de grito sordo, pues no escucha sólo lamenta. El espectáculo que roza la locura y la ira, tremendamente generoso, tiene que ser visto varias veces. Muchas. Y llegar a más públicos incautos.

Yo agradezco de antemano desde aquí por regalarme esas lágrimas dolorosas que tanto reconfortan a la hora de llenarse de motivos.

Cuando ella se va.

Ella la Heroína

Ella la Heroína

Otro intento de suicidio fue intentar regalarle una sonrisa a esa pasajera en su trance infinito, el mundo es tan terrible para ella que intenta encarcelarse en sus auriculares blancos. La inquietud de su mirada deja prever y entrever la desdicha que le produce este viaje. El vagón está casi vacío, el vagón es la casi nada, o la nada completa, es un arrume de metales donde se siente vulnerada, su refugio es espantoso y por eso mira con un odio perseverante, un sentimiento capaz de engañar al primer idiota que ose mirarla.

A veces me pregunto si su vida vale la pena, si merece seguir sufriendo mientras frunce el ceño o en cambio debería esfumarse prontamente en una nube de gases tóxicos. Mientras la miro es obvio que se nota incómoda pero no, no me interesa su perfil angelical, ni su mirada que pese al desdén se me antoja cándida, ni mucho menos la sensualidad de sus labios. Hay algo perturbador en esos ojos marrones melifluos. Le sonrío y me ignora, como era de esperar. Le hago un gesto ahora con la mano y desvía la mirada, a lo mejor esa canción punk que probablemente esté escuchando no la deja concentrar en mi gesto. A lo mejor perdió la vida y su cadáver autómata y exquisito sólo se dedica a escuchar rumbas catalanas en su Ipod. O en su intento por escapar del mundo lo único que ha logrado es encerrarse en sí misma y en su música comercial hasta no dejar ni siquiera que su alma escape por los oídos.

Dos tipos entran en la estación y se sientan justo a su lado. Notan la déspota belleza con que hace alarde su presencia aquella mujer y se dedican a vacilar miradas intercaladas con ella, cadáver aún con signos vitales. Uno de ellos al fin se atreve y le habla, no pude saber lo que le dijo ni tratando de leerle los labios, sólo vi que señalaba los aparatitos blancos que tenía en sus orejas y proponía, o al menos eso intentó, una charla. Ella no contestó, su actitud se tornó un tanto agresiva. Agarró su bolsa y se levantó. Se dirigió a mi sitio y tan indeleble como sus movimientos se sentó a mi lado. ¿Temes a que alguien intente abrir las rejas de tu celda?. Aproveché la turbulencia del momento para preguntar. ¿Tu también quieres saber lo que estoy escuchando? Respondió al fin saliendo de un letargo mudo que parecía absorbernos a los cuatro en la cajita de metal. Sospeché que no era música comercial lo que escuchaba por su respuesta, al ser otra pregunta. Su manera de contestar sólo me produjo una leve alegría, como quien descarga las bolsas llenas de comida para un mes luego de haberlas llevado a cuestas varios cientos de metros. Sin mirarla a los ojos articulé: sólo quiero saber si estás viva. ¿En realidad crees que alguien aquí lo está?¿O tu crees que es posible vivir de esta manera? Mira a tu alrededor, mírate a ti mismo, mira esos carteles de publicidad engañosa que quieren convencerte de ser feliz mientras lo único que haces es regalar tedio y decepción en cada punto cardinal, mírame a mí: todos van como muertos móviles, como cajas fúnebres inermes, como la sala de espera de un crematorio. ¿No te parece suficiente?. Me contestó con un brillo en la mirada que ahora destellaba, ella ahora parecía diferente, se transfiguró en una especie de espejo lúgubre y senil, y tuve miedo. Me congeló el pánico. Lloré por no gritar. ¿Por qué ya no sonríes?. Me preguntó. Entonces ¿Me vas a decir qué música escuchas? Contesté sollozando. No escucho nada, no tengo música. Eres el primer idiota al que logré engañar hoy. Dijo al fin sonriendo y levantándose pausada pero segura,con paso sereno e impiadoso. Se bajó en esa estación mientras la mía yace cinco paradas atrás.

Poco que contar

Acabo de escuchar por quinta o sexta vez seguida esa canción y aún queda “tanto que contar” pues no es posible sacarme esa letra ni esa voz que desgarran mis oidos, y no necesariamente es un sensación incómoda, todo lo contrario; esos gritos que plasman la angustia, el verdadero dolor de ser mortal, son melifluos.

La última vez que había escuchado esta canción en vivo habia sido unos meses atrás, justo antes de haber escapado de la rutinaria Madrid. Fue en Kohelet una pequeña pero acogedora sala lavapiesana. Y una vez más, como tantas otras veces en mi vida, me sentí vagabundo. La asistencia fue muy precaria pero para disfrutarlo era la necesaria. Una reunión de amigos que reían echando a la basura cualquier error técnico, cualquier eventual fallo, lo importante era aquel ritual sonoro de aceras desconocidas.

Escuché también hace poco toda la maqueta de Sidoku, llamada “Bocetos y Esbozos”, y me he quedado sin palabras ante el talento de este mestizo del que aún no tengo claro si es marroquí o andaluz. A decir verdad creo que eso es lo que menos me importa, lo que si tengo claro es que el rapero suena muy bien en estas atípicas canciones experimentales. Con un ritmo que no es el de su habitual Hip Hop o el del rap, sino que más tendente a la rumba y el flamenco en unas y a los ritmos tradicionales marroquíes en otras. Interesante mistura.

Sin duda  alguna para mí, esta mezcla caótica entre frases estilo rap a gran velocidad y sin repetir estribillos, los movimientos tradicionales de la guitarra española alternando ritmos entre Marruecos y España, ése vuelo por el mediterráneo; es algo fascinante. Pero más allá del ritmo o del estilo de este joven son sus letras callejeras, dolientes y vagabundas; las que ponen mi mente a reflejarlo en la memoria.  Es placentero poner a repetir canciones como “Mi heroína” o “Tanto que contar”, letras con una evidente evocación del hastío que produce nuestra “adorada” sociedad. Letras que invitan a escapar, a soñar. Una contundente voz de protesta que espero pueda llegar a muchos de los que, al igual que Sidoku y que yo: “…sueñan con contemplar un mundo nuevo donde no exista el dinero y todos encuentren sosiego”

Esperando a la Policía

Largo tiempo había pasado desde mi última publicación, no quería publicar nada porque no le encontraba sentido, aún sigo sin encontrárselo, pero en algo hay que invertir mi tiempo, como buen capitalista. Quizás también sea porque no encontraba nada digno de poner en este lugar tan desastroso. Llegar al reencuentro, en todos los sentidos.

Puerta del Sol

La misma calle que pronto volverá a ser lo rutinaria que era antes, la misma estación de tren al final de ella, viandantes malhumorados, bocinas siempre al acecho, estruendos pasajeros. El pasadizo al aburrimiento y el espejo que refleja la repetitiva vida de una ciudad. Así es el reencuentro después de dos cortos meses con esta frenética acumulación de casas y humo. Ella es como una mujer que quiere ser seducida y con sus sensuales juegos imponerse autoritaria, bella pero caótica, deseable y detestable.

-Gracias por comprarme a mí- me dijo-

– De nada hombre- contesté-

Venía de Egipto y lleva ya 4 años viviendo en Madrid, su apariencia cansada reflejaba una impotencia evidente, por supuesto, se quejaba de que hubiera tantos vendedores de cerveza en la misma zona y tuvo la prudencia de sentarse, casualmente, a mi lado a esperar. Esperar no sé muy bien qué, como yo, también esperar. Esperar a que ocurriera algo para salir del tedio, para escapar de esa desesperación que produce la necesidad de conseguir dinero, en esa espera eramos exactamente iguales. Hablaba un español bastante básico pero eso no era impedimento para quejarnos juntos y llenar de nostalgia el borde de la fuente.

Pronta e inusualmente el barullo tomó la plaza de Sol, no eran los indignados del 15M, pues la asamblea ya había acabado (afortunadamente todavía hay asambleas que saquen  de la cotidianidad a la gente). Un tipo con una gorrita de esas de las que usan los cardenales y el papa llamados mitras, hecha de papel; traía también un estado alterado de conciencia, gritaba y se burlaba de los transeúntes. Otro grupo al parecer de ideas contrarias e igualmente con un tremendo desvarío, se enfrentó a ellos y empezaron una violenta discordia con golpes en la cara y sangre derramando. Mis ojos atónitos no entendían esta forma de recibimiento, el primer día de  mi regreso y esto es lo que me encontraba. Un claro reflejo de la armonía en la que vivimos (espero que se note el sarcasmo). Para los que no lo saben, a media cuadra de Sol hay una estación de policía, y la gresca tuvo una duración aproximada de 7 minutos, tiempo suficiente para que las “fuerzas del orden” hicieran presencia y evitara altercados mayores, como los que hubo: una ceja rota, graves contusiones, y mucha sangre.

Quince minutos pasaron para que llegara el primer vehículo de la policía (para otro tipo de situaciones aparecen con días de antelación) y yo que no me había movido, empecé a alarmarme un poco mientras charlaba con el egipcio que me proporcionó la cerveza. El tipo herido en la ceja fue hasta la fuente que estaba a mi espalda a lavarse la cara, y en ese preciso instante los policías lo interceptaron. Con expresión de asco en los ojos, el primer agente se dirigió al herido y llamó una unidad del SAMUR, un minuto después ya habían ocho coches de policía municipal y dos más de policía nacional,eran en total ventitrés agentes en la búsqueda de cuatro individuos. Mientras tanto yo intentaba ocultar mi lata de cerveza, como una vieja costumbre ya adquirida ante la presencia de estos agentes.

Decidí levantarme e irme de ese lugar hasta la otra fuente, lugar en donde estaban los otros actores de la fabulosa pelea callejera, a tan solo unos veinte metros. Mientras tanto los policías, quejándose de sus coches desactualizados; insistían en congestionar la otra fuente. Mi egipcio compañero de soledades encontradas hizo lo propio, al parecer llegó lo que estábamos esperando. No nos despedimos ni nada de esas tonterías, pero el y yo sabemos que fue un placer compartir nuestras desavenencias con el mundo, nuestras quejas y temores lejos de casa, de nuestros lugares de origen, mutuamente.

Felices Fiestas

La lala la lala la lala la lala la lala lalala.

Feliz navidad, compra tu felicidad efímera para que se desvanezca con el amanecer. Olvídate de ser tú mismo y sé una fiel reproducción humanoide de la sociedad de consumo. Compra, compra y compra que los problemas se acabarán. Consume o muere.

Ya no sientes nada mas que la necesidad de ser y sentirte representado en un regalo que entregas como cumpliendo un mandato. Aunque lo que obsequias no sirva para algo útil, si sirve para engañarte y para que te digan: “ay muchas gracias, qué amable, te quiero, etc.”. Y te sientes feliz porque tienes que estarlo, no se puede sufrir en estas fechas. Ya no hay crisis, estamos en el verdadero paraíso capitalista que nos prometían con la democracia. Hemos triunfado. Qué alegría estar aquí, tan vivo y tan opulente, tan consumista. Qué alegría poder comer sin hambre unas cantidades ingentes de comida de la que luego sobrará mas de la mitad y esos restos terminarán en el cubo de la basura asesinando así por lo menos a una veintena personas, y se llenan de basura las ciudades (o debería decir los basureros), y se llenan de muertos las fosas.

El mundo se paraliza en una histeria colectiva propiciada por las seis familias que controlan el planeta, haciéndote olvidar de que eres un animal superior y que tienes la facultad de pensar y decidir, y te tratan como a un idiota porque lo eres, porque lo somos. Los malhechores llenan sus arcas gracias a ti, gracias a nosotros. Por eso y por toda tu cobarde y terrorífica ceguera es que te deseamos FELICES FIESTAS.

No solemos publicar en este espacio nada que no sea obra de este inconsciente colectivo, más que nada por no insultar las genialidades de los verdaderos artistas, pero esta ocasión lo amerita y que nos perdone el Dr. Alfonso Zuñiga por esto. Ahí va.

No vengas Navidad
que es muy temprano todavía,
las madres están temblando
en el sol del mediodía
y los niños en las calles
vagan solos, sin comida
y el campesino, aunque quiera,
no puede deletrearte en las vitrinas.
No vengas Navidad
como insulto a la pobreza,
no llenes de caros licores
a los ricos de la empresa,
ni ufanes a sus señoras
con perlas y con diamantes.
No vengas Navidad
ten compasión, no vengas.
No queremos combinaciones
de contrastes humillantes
con sedas finas de china
y manta vieja y zurcida,
con pavos de muchas marcas
y sal en una tortilla.
No vengas Navidad
danos un tiempo todavía,
recuerda que existen muchos
que sufren con tu venida
sacando de sus pañuelos
monedas envejecidas
para comprarle al mundo
una parte de tu alegría.
Recuerda que somos tantos
sumidos en la miseria
y anhelamos saborearte
con bebidas y con torrejas
con juguetes y conservas,
para que nuestros hijos sientan
el calor de Nochebuena
en la pólvora sonora
que los ricos siempre queman.
No te muestres Navidad
en pléyades de alegres venaditos
portando juguetes, campanillas y trineos
por las residencias de los niños ricos;
tu presencia entre los nuestros
todavía no concibe
que se afame en los estantes luminosos
a un San Nicolás de lanas revestido
y se margine de realezas al glorioso
desnudo Niño Dios con frío.
No vengas Navidad
no te entendemos todavía.
 
Dr. Alfonso Zúniga Alemán

Me molaría ser como Ella Fitzgerald

Foto de archivo

Era preciso que la temperatura subiera, era casi una necesidad que la lluvia dejara de fustigar las aceras muertas de la grasa capitalina. Todo ya estaba previsto y preparado para una lluvia de verdad, una de emociones musicales, de sentimientos poli tonales alrededor de un par de guitarras y una playa de gente evocada por la ilusión nostálgica de otro lugar: lejano (pero siempre muy adentro).

Esta vez fue el Gato Verde, testigo de un desborde de amor (esto suena a cursilería y no me gusta), porque es eso lo que hay presente en las reuniones de este tipo, encuentros en los que ignoramos que estamos haciendo el amor (sigo siendo cursi, que asco); fue el escenario del vacilante juego entre las olas inmóviles de gente y la magia de su ondear, la de su marca personal de arena y de sal.

Ella, que aunque decía no tener nada preparado, para mí era su mentira piadosa con el público pues cuando se es hábil para improvisar siempre se tiene algo. Y así fue. Con su voz que no deja de enamorar a los incautos y la espontaneidad de su puesta en escena, hizo que los fallos técnicos, de coordinación y demás insignificantes detalles, desaparecieran en un soplo de su aire y no permitió que ensombrecieran aquel espacio que ocupábamos, aquella cápsula del tiempo donde el tiempo no pasaba.

Se diluía el espacio y el tiempo se hacía más denso. Dejaron de existir por un momento los relojes.

Solo pasaban las bossas, sus temas angoleños, los ritmos brasileros, sus blues improvisados y su deseo de ser Ella Fitzgerald que fue el toque que más llenó de simpatía en toda su improvisada sesión. Desde el fondo de la sala solo aparecían voces adulatorias mientras la guitarra acústica hacía sus solos y me alelaba por momentos. Los aplausos y ovaciones no se hicieron esperar ante su repertorio, esas canciones compuestas por ella que a todos dejaban llenos de intensa atención y una intima emoción, pero por supuesto que lo realmente excitante para todos los que hacíamos parte del público eran esos intervalos espontáneos de su performance.

No cabe ninguna duda de que Aline frazao nos transformó la noche con su sonrisa llena de magia y la dulzura de sus palabras, yo podía llamarme Julio Acosta o Javier Mendoza o cualquiera otro en ese preciso instante, era imposible que me llamara como dicen que realmente es mi nombre, yo no era yo, y nadie era realmente nadie, y ella desde luego que no era Ella, pues no se puede pensar que se es el mismo cuando todas estas alucinaciones colectivas se presentan y  se adueñan de los espíritus ensordecidos.

La noche acabó pero la música sigue muy viva.

Otra Náusea

Foto de Harvey Meneses

Foto de Harvey Meneses

 

Hoy amanecí asqueado, aquellos indolentes buitres que sobrevuelan el cielo profundo de mis madrugadas decidieron sucumbir vertiginosamente a mi cuerpo mortecino. Las pirañas de aquel vacuo estanque de mi pecho invadido por halógenos transgresores, transgrediendome con cinismo. Invertebrados como banquetes que escupen vidrios, como animales nocturnos que sirven de alimento a los sueños, mis sueños; muerden impacientes cada hueso y cada abismo.

Hoy amanecí con el rubor en la sangre escociendo sin piedad, muy adentro. La vida de los locos es como la mía porque ellos sienten lástima por mí casi tanto como por ellos mismos, es la vida, esa vida en los subterráneos, como alegrías de dos minutos que se suicidan en cada estación y se diluyen en un eterno palpitar de tristes músculos. Tristeza efímera. Una alegría que precede a una eternidad de lamentos rumorando una vida verdadera, ocasos extinguiendose como rosas de otoño, con dolor y estupidez, con ansiedades ajenas.

Hoy amanecí asqueado, mirando esas alas de buitres que golpean con violencia mis ánimos arrojándolos a ese lago repleto de pirañas que se alimentan con mi alma y lo devoran como un espejo devora al ego, como las calles mastican los sentimientos.

Pancracio

Hay una ventana que arde

“Juan Represión sabe no hay nadie que lo ame, las balas que la gente tiene lo asesinaron de pie”  Sui Generis

Rabia profunda depositada en una mirada recelosa que dirigía hacia ellos, hombres iguales a mí pero diferentes, hombres que ignoran el por qué de su actuar, que desconocen el por qué de sus pasos rotundos llenos de tristeza y de maldad. Debo confesar que soy bastante nervioso. Si, no puedo evitar salir corriendo cuando presiento que mi integridad física puede ser vulnerada. Debo admitir que la cobardía se apodera de mí cada vez que presencio una gresca callejera y prefiero evadir la violencia irracional. Quizás eso ha permitido que en mi corta existencia jamás haya tenido que romperle la cara a alguien o que me la hayan roto por motivos banales. Pero esta no era una ocasión como esas. Esta era la consecuencia de aquella acumulación de odio en las venas, cada vez mas hinchadas, hacia la imbecilidad y la estupidez de los que lo tienen todo controlado.

Eran pocas personas y había mucho frio, sin embargo llenas todas de pasión, por poco logran que mis ojos deslizaran sobre mis mejillas unas gotas de indignación. Indignación que ya me llenaba completamente la boca y las miradas furtivas, que si fueran armas de fuego hubiera ocurrido allí una masacre. Con sus gritos vehementes y una extraña alegría conciliadora con la que quizás intentaban animar a los que, al otro lado de la calle y encerrados, privados de su libertad como palomas enjauladas, sin alas, sin ánimo, sin vida; encendían un fuego rebelde en sus almas y emocionados por la visita gritaban desde sus ventanas, se agitaban con golpes en las palabras a las que respondían desde el otro lado, el de la falsa libertad.

También debo confesar que soy un nostálgico sin remedio y que no pude evitar evocar aquel 13 de junio del 2007 (5 días después de la gran marcha carnaval que terminó en una violenta e improvisada fiesta de disfraces), algunos de los que lean esto (aunque creo que nadie lo lee) recordarán, y ya sé que es una terrible comparación, que no tienen nada parecido; nada aparte de lo que yo sentía, un sentimiento guardado en un cajón llenándose de polvo.

De repente sentí que lo que hacíamos era poco en el momento en que se asomaban unas llamas por la ventana del edificio donde se realizan unas prácticas completamente aberrantes, que a simple vista no parece una cárcel para inmigrantes, aunque ellos los llamen centros de internamiento; sentí que no era justo con ellos (que se exponían a una fuerte represión por el hecho de estar tan agitados y alterados quemando telas y golpeando rejas, algo que podía simular un verdadero motín) estar tan quietos e inofensivos pero esa ficción no podía superar la realidad. Llegaron los antimotines, 5 furgonetas (entiéndase tanquetas pequeñas), se armó un fuerte cordón policial frente a los manifestantes y con la actitud de siempre, la que obligan tener los malhechores, todo empezó a terminar. Esta escena parece repetirse en el mundo entero, una escena de provocación, de perversa intimidación, de una inteligente incitación a la violencia porque ellos son los violentos y nos quieren hacer matar entre nosotros.

Y yo que pensaba que era mi país el que se encontraba bajo un estado policial, bajo un total dominio del miedo, me doy cuenta de que en el primer mundo ocurre igual pero en diferentes proporciones y no solo con esto que es una auténtica aberración eso de criminalizar al que no tiene un papel que diga que es digno de vivir tranquilamente en este mundo, sino también por el engaño que supone la costumbre a la farsa de aquel soñado estado de bienestar. Esto es realmente para cagarse de risa o de la vergüenza.