Era una mezcla de colores hermosos, eran destellos de una inquietante dulzura que se filtraba por las paredes de un bar llamado La Marimba, donde colgaban unas curiosas obras artísticas. Era un viaje inesperado por tierras desconocidas. Despojarse de la realidad que con el paso de las horas se iba enfriando, literalmente, era quizás una de las intenciones de los tímidos asistentes que llenaban la sala, la pequeña sala. Tratar de ser meticuloso con las sensaciones que producen sus actuaciones desencadenaría incendios interiores incontenibles, lo mejor era ser la victima del encuentro, una feliz víctima.

La improvisación se vistió de gala en lo que parecía ser una reunión de amigos. El ambiente dibujó sonrisas con un alto grado de pureza y desprendimiento de la vida terrenal, si, esa tan agobiante; esas inyecciones de locura siempre son necesarias en momentos asi. El fatuo intento de definir con un: “estuvo genial”, “magnifico”, “excelente”, “precioso” u otras banalidades; sería mostrar una enorme carencia, una insoportable pobreza. Todo lo presenciado merecía ser descrito con poesía, como la que ella recitaba (y no con mediocridades como esta), o cualquier otra expresión original del alma.

La extraña distorsión que se percibía, problemas técnicos de sonido, el previo accidente en su pulgar derecho, el malestar que sentía en su voz, las barreras lingüísticas y otros pequeños detalles dignos de ignorar; no fueron ningún odioso y repudiable obstáculo que impidiera regalar su magia, que evitara llenar de carisma a los ojos receptivos y cuerpos inmóviles que decidieron entregarle sus almas para que jugara con ellas, para que las convirtiera en humbiumbis y volaran incautas, llenas sus alas de libertad.

De libertad habló Aline Frazão, la culpable de esa fiesta multicolor que invadía el recinto, celebrando o conmemorando (alguna de las dos palabras puede ser la más adecuada) los 35 años de la independencia de Angola, su país de origen.  Ella y su guitarra dedicaron el más melodioso homenaje al cese de aquel oprobio del que fueron víctimas su folclor y su gente bajo el yugo del mundo occidental, aunque ese yugo no ha desaparecido del todo, ni del todo ni del nada. En canciones, poemas y una pequeña lección de historia, obsequió una parte de su vida, una parte de sus partes; para que se adueñara despiadada y con infinito agrado, de las vidas receptivas que aplaudían incesantemente.

Una mezcla entre Bossa Nova, Samba y otros ritmos originarios de esa relación impuesta entre esclavos angoleños y nativos brasileros, se apoderaron del tiempo. Con la presencia de un músico brasilero, genial en la guitarra, se generó una interacción muito legal, como dirían ellos, entre lo que ya se había definido como una estancia familiar.

Con el paso de canciones conocidas algunos empezaron a mover sus labios temerosos, otros a bailar románticamente, y casi inmóviles, con ella aunque ella no lo supiera y estuviera sentada frente a todos con sus manos atadas a seis cuerdas, a una multitud de acordes, a sus ritmos tropicales, a apasionantes ensoñaciones. La danza de las palabras y los sentimientos  que se conjugaban en silencio, se detuvieron momentáneamente haciendo una pausa de rigor, para abrir paso a la estupefacción que declaraba la necesidad de una profunda atención: Temas nuevos, obras recientes de su mano y letra, de su voz que adereza a las más agrias de las tristezas.


Fue una ceremonia memorable por su espontaneidad, por el carácter intimista que se deslizaba portentosamente en las miradas abstraídas del público, por la primicia de los nuevos temas, que son premoniciones de un éxito inevitable, por su carismática presencia que la sabía un ángel, suponiendo que existen, ella es uno entre simples mortales y sobre todo por su principal motivo.  Fue un canto estrepitoso de libertad, fue un grito de protesta, fue convertir el dolor en fiesta y fue tal vez poner de manifiesto que aquí estoy, que existo, que aun sigo vivo, que esos Monangambés siguen presentes causando penurias, dolores y sufrimientos; que no se han ido y que no me dejes en el olvido.

Manos Cafés.