“Juan Represión sabe no hay nadie que lo ame, las balas que la gente tiene lo asesinaron de pie”  Sui Generis

Rabia profunda depositada en una mirada recelosa que dirigía hacia ellos, hombres iguales a mí pero diferentes, hombres que ignoran el por qué de su actuar, que desconocen el por qué de sus pasos rotundos llenos de tristeza y de maldad. Debo confesar que soy bastante nervioso. Si, no puedo evitar salir corriendo cuando presiento que mi integridad física puede ser vulnerada. Debo admitir que la cobardía se apodera de mí cada vez que presencio una gresca callejera y prefiero evadir la violencia irracional. Quizás eso ha permitido que en mi corta existencia jamás haya tenido que romperle la cara a alguien o que me la hayan roto por motivos banales. Pero esta no era una ocasión como esas. Esta era la consecuencia de aquella acumulación de odio en las venas, cada vez mas hinchadas, hacia la imbecilidad y la estupidez de los que lo tienen todo controlado.

Eran pocas personas y había mucho frio, sin embargo llenas todas de pasión, por poco logran que mis ojos deslizaran sobre mis mejillas unas gotas de indignación. Indignación que ya me llenaba completamente la boca y las miradas furtivas, que si fueran armas de fuego hubiera ocurrido allí una masacre. Con sus gritos vehementes y una extraña alegría conciliadora con la que quizás intentaban animar a los que, al otro lado de la calle y encerrados, privados de su libertad como palomas enjauladas, sin alas, sin ánimo, sin vida; encendían un fuego rebelde en sus almas y emocionados por la visita gritaban desde sus ventanas, se agitaban con golpes en las palabras a las que respondían desde el otro lado, el de la falsa libertad.

También debo confesar que soy un nostálgico sin remedio y que no pude evitar evocar aquel 13 de junio del 2007 (5 días después de la gran marcha carnaval que terminó en una violenta e improvisada fiesta de disfraces), algunos de los que lean esto (aunque creo que nadie lo lee) recordarán, y ya sé que es una terrible comparación, que no tienen nada parecido; nada aparte de lo que yo sentía, un sentimiento guardado en un cajón llenándose de polvo.

De repente sentí que lo que hacíamos era poco en el momento en que se asomaban unas llamas por la ventana del edificio donde se realizan unas prácticas completamente aberrantes, que a simple vista no parece una cárcel para inmigrantes, aunque ellos los llamen centros de internamiento; sentí que no era justo con ellos (que se exponían a una fuerte represión por el hecho de estar tan agitados y alterados quemando telas y golpeando rejas, algo que podía simular un verdadero motín) estar tan quietos e inofensivos pero esa ficción no podía superar la realidad. Llegaron los antimotines, 5 furgonetas (entiéndase tanquetas pequeñas), se armó un fuerte cordón policial frente a los manifestantes y con la actitud de siempre, la que obligan tener los malhechores, todo empezó a terminar. Esta escena parece repetirse en el mundo entero, una escena de provocación, de perversa intimidación, de una inteligente incitación a la violencia porque ellos son los violentos y nos quieren hacer matar entre nosotros.

Y yo que pensaba que era mi país el que se encontraba bajo un estado policial, bajo un total dominio del miedo, me doy cuenta de que en el primer mundo ocurre igual pero en diferentes proporciones y no solo con esto que es una auténtica aberración eso de criminalizar al que no tiene un papel que diga que es digno de vivir tranquilamente en este mundo, sino también por el engaño que supone la costumbre a la farsa de aquel soñado estado de bienestar. Esto es realmente para cagarse de risa o de la vergüenza.