Foto de archivo

Era preciso que la temperatura subiera, era casi una necesidad que la lluvia dejara de fustigar las aceras muertas de la grasa capitalina. Todo ya estaba previsto y preparado para una lluvia de verdad, una de emociones musicales, de sentimientos poli tonales alrededor de un par de guitarras y una playa de gente evocada por la ilusión nostálgica de otro lugar: lejano (pero siempre muy adentro).

Esta vez fue el Gato Verde, testigo de un desborde de amor (esto suena a cursilería y no me gusta), porque es eso lo que hay presente en las reuniones de este tipo, encuentros en los que ignoramos que estamos haciendo el amor (sigo siendo cursi, que asco); fue el escenario del vacilante juego entre las olas inmóviles de gente y la magia de su ondear, la de su marca personal de arena y de sal.

Ella, que aunque decía no tener nada preparado, para mí era su mentira piadosa con el público pues cuando se es hábil para improvisar siempre se tiene algo. Y así fue. Con su voz que no deja de enamorar a los incautos y la espontaneidad de su puesta en escena, hizo que los fallos técnicos, de coordinación y demás insignificantes detalles, desaparecieran en un soplo de su aire y no permitió que ensombrecieran aquel espacio que ocupábamos, aquella cápsula del tiempo donde el tiempo no pasaba.

Se diluía el espacio y el tiempo se hacía más denso. Dejaron de existir por un momento los relojes.

Solo pasaban las bossas, sus temas angoleños, los ritmos brasileros, sus blues improvisados y su deseo de ser Ella Fitzgerald que fue el toque que más llenó de simpatía en toda su improvisada sesión. Desde el fondo de la sala solo aparecían voces adulatorias mientras la guitarra acústica hacía sus solos y me alelaba por momentos. Los aplausos y ovaciones no se hicieron esperar ante su repertorio, esas canciones compuestas por ella que a todos dejaban llenos de intensa atención y una intima emoción, pero por supuesto que lo realmente excitante para todos los que hacíamos parte del público eran esos intervalos espontáneos de su performance.

No cabe ninguna duda de que Aline frazao nos transformó la noche con su sonrisa llena de magia y la dulzura de sus palabras, yo podía llamarme Julio Acosta o Javier Mendoza o cualquiera otro en ese preciso instante, era imposible que me llamara como dicen que realmente es mi nombre, yo no era yo, y nadie era realmente nadie, y ella desde luego que no era Ella, pues no se puede pensar que se es el mismo cuando todas estas alucinaciones colectivas se presentan y  se adueñan de los espíritus ensordecidos.

La noche acabó pero la música sigue muy viva.