Largo tiempo había pasado desde mi última publicación, no quería publicar nada porque no le encontraba sentido, aún sigo sin encontrárselo, pero en algo hay que invertir mi tiempo, como buen capitalista. Quizás también sea porque no encontraba nada digno de poner en este lugar tan desastroso. Llegar al reencuentro, en todos los sentidos.

Puerta del Sol

La misma calle que pronto volverá a ser lo rutinaria que era antes, la misma estación de tren al final de ella, viandantes malhumorados, bocinas siempre al acecho, estruendos pasajeros. El pasadizo al aburrimiento y el espejo que refleja la repetitiva vida de una ciudad. Así es el reencuentro después de dos cortos meses con esta frenética acumulación de casas y humo. Ella es como una mujer que quiere ser seducida y con sus sensuales juegos imponerse autoritaria, bella pero caótica, deseable y detestable.

-Gracias por comprarme a mí- me dijo-

– De nada hombre- contesté-

Venía de Egipto y lleva ya 4 años viviendo en Madrid, su apariencia cansada reflejaba una impotencia evidente, por supuesto, se quejaba de que hubiera tantos vendedores de cerveza en la misma zona y tuvo la prudencia de sentarse, casualmente, a mi lado a esperar. Esperar no sé muy bien qué, como yo, también esperar. Esperar a que ocurriera algo para salir del tedio, para escapar de esa desesperación que produce la necesidad de conseguir dinero, en esa espera eramos exactamente iguales. Hablaba un español bastante básico pero eso no era impedimento para quejarnos juntos y llenar de nostalgia el borde de la fuente.

Pronta e inusualmente el barullo tomó la plaza de Sol, no eran los indignados del 15M, pues la asamblea ya había acabado (afortunadamente todavía hay asambleas que saquen  de la cotidianidad a la gente). Un tipo con una gorrita de esas de las que usan los cardenales y el papa llamados mitras, hecha de papel; traía también un estado alterado de conciencia, gritaba y se burlaba de los transeúntes. Otro grupo al parecer de ideas contrarias e igualmente con un tremendo desvarío, se enfrentó a ellos y empezaron una violenta discordia con golpes en la cara y sangre derramando. Mis ojos atónitos no entendían esta forma de recibimiento, el primer día de  mi regreso y esto es lo que me encontraba. Un claro reflejo de la armonía en la que vivimos (espero que se note el sarcasmo). Para los que no lo saben, a media cuadra de Sol hay una estación de policía, y la gresca tuvo una duración aproximada de 7 minutos, tiempo suficiente para que las “fuerzas del orden” hicieran presencia y evitara altercados mayores, como los que hubo: una ceja rota, graves contusiones, y mucha sangre.

Quince minutos pasaron para que llegara el primer vehículo de la policía (para otro tipo de situaciones aparecen con días de antelación) y yo que no me había movido, empecé a alarmarme un poco mientras charlaba con el egipcio que me proporcionó la cerveza. El tipo herido en la ceja fue hasta la fuente que estaba a mi espalda a lavarse la cara, y en ese preciso instante los policías lo interceptaron. Con expresión de asco en los ojos, el primer agente se dirigió al herido y llamó una unidad del SAMUR, un minuto después ya habían ocho coches de policía municipal y dos más de policía nacional,eran en total ventitrés agentes en la búsqueda de cuatro individuos. Mientras tanto yo intentaba ocultar mi lata de cerveza, como una vieja costumbre ya adquirida ante la presencia de estos agentes.

Decidí levantarme e irme de ese lugar hasta la otra fuente, lugar en donde estaban los otros actores de la fabulosa pelea callejera, a tan solo unos veinte metros. Mientras tanto los policías, quejándose de sus coches desactualizados; insistían en congestionar la otra fuente. Mi egipcio compañero de soledades encontradas hizo lo propio, al parecer llegó lo que estábamos esperando. No nos despedimos ni nada de esas tonterías, pero el y yo sabemos que fue un placer compartir nuestras desavenencias con el mundo, nuestras quejas y temores lejos de casa, de nuestros lugares de origen, mutuamente.