Ella la Heroína

Ella la Heroína

Otro intento de suicidio fue intentar regalarle una sonrisa a esa pasajera en su trance infinito, el mundo es tan terrible para ella que intenta encarcelarse en sus auriculares blancos. La inquietud de su mirada deja prever y entrever la desdicha que le produce este viaje. El vagón está casi vacío, el vagón es la casi nada, o la nada completa, es un arrume de metales donde se siente vulnerada, su refugio es espantoso y por eso mira con un odio perseverante, un sentimiento capaz de engañar al primer idiota que ose mirarla.

A veces me pregunto si su vida vale la pena, si merece seguir sufriendo mientras frunce el ceño o en cambio debería esfumarse prontamente en una nube de gases tóxicos. Mientras la miro es obvio que se nota incómoda pero no, no me interesa su perfil angelical, ni su mirada que pese al desdén se me antoja cándida, ni mucho menos la sensualidad de sus labios. Hay algo perturbador en esos ojos marrones melifluos. Le sonrío y me ignora, como era de esperar. Le hago un gesto ahora con la mano y desvía la mirada, a lo mejor esa canción punk que probablemente esté escuchando no la deja concentrar en mi gesto. A lo mejor perdió la vida y su cadáver autómata y exquisito sólo se dedica a escuchar rumbas catalanas en su Ipod. O en su intento por escapar del mundo lo único que ha logrado es encerrarse en sí misma y en su música comercial hasta no dejar ni siquiera que su alma escape por los oídos.

Dos tipos entran en la estación y se sientan justo a su lado. Notan la déspota belleza con que hace alarde su presencia aquella mujer y se dedican a vacilar miradas intercaladas con ella, cadáver aún con signos vitales. Uno de ellos al fin se atreve y le habla, no pude saber lo que le dijo ni tratando de leerle los labios, sólo vi que señalaba los aparatitos blancos que tenía en sus orejas y proponía, o al menos eso intentó, una charla. Ella no contestó, su actitud se tornó un tanto agresiva. Agarró su bolsa y se levantó. Se dirigió a mi sitio y tan indeleble como sus movimientos se sentó a mi lado. ¿Temes a que alguien intente abrir las rejas de tu celda?. Aproveché la turbulencia del momento para preguntar. ¿Tu también quieres saber lo que estoy escuchando? Respondió al fin saliendo de un letargo mudo que parecía absorbernos a los cuatro en la cajita de metal. Sospeché que no era música comercial lo que escuchaba por su respuesta, al ser otra pregunta. Su manera de contestar sólo me produjo una leve alegría, como quien descarga las bolsas llenas de comida para un mes luego de haberlas llevado a cuestas varios cientos de metros. Sin mirarla a los ojos articulé: sólo quiero saber si estás viva. ¿En realidad crees que alguien aquí lo está?¿O tu crees que es posible vivir de esta manera? Mira a tu alrededor, mírate a ti mismo, mira esos carteles de publicidad engañosa que quieren convencerte de ser feliz mientras lo único que haces es regalar tedio y decepción en cada punto cardinal, mírame a mí: todos van como muertos móviles, como cajas fúnebres inermes, como la sala de espera de un crematorio. ¿No te parece suficiente?. Me contestó con un brillo en la mirada que ahora destellaba, ella ahora parecía diferente, se transfiguró en una especie de espejo lúgubre y senil, y tuve miedo. Me congeló el pánico. Lloré por no gritar. ¿Por qué ya no sonríes?. Me preguntó. Entonces ¿Me vas a decir qué música escuchas? Contesté sollozando. No escucho nada, no tengo música. Eres el primer idiota al que logré engañar hoy. Dijo al fin sonriendo y levantándose pausada pero segura,con paso sereno e impiadoso. Se bajó en esa estación mientras la mía yace cinco paradas atrás.