Ya es hora de escribir algo con sentido, ponerse el guante derecho de boxeo y desatar la mierda hasta el punto inminente de provocar ernias sociales en todo lo que toquen estas vacuas letras.

Para nadie es un secreto que el bello sistema social que nos alimenta compasivamente con su basura es un abyecto monstrito lleno pulgas que nos empiezan a picar lenta y dolorosamente. Y nadie dice nada. Esas pulgas en forma de billetes o en algunos casos de monedas, a todas y cada una de las personas del planetita trampa se nos hace tan vilmente necesaria la picasón y también el escozor concedidos por éstas tan deliciosas pulgas, que no nos importa ir por ahi con el cuerpo lleno de ronchas e irritado. Mientras tanto el monstrito sigue llenándose la pequeña pero al parecer insaciable panza con la excelsa sangre nuestra. Si, para nadie es un secreto y mientras mi alacena se sigue vaciando de comida y se va convirtiendo en cama para cucarachas, me pregunto entonces ¿Qué belcebuces pasa con el “maravilloso” homo sapiens, que a sabiendas del denuesto que le encasquillan en la jeta no se inmuta mas que por tener (o mantener) una falsa comodidad a la que ha sido sometido de manera engañosa? ¿Qué demonios sucede, de donde saca tanta dignidad y parsimonia para soportar lo aciago que nos hace vivir el monstrito?

Evidentemente no busco una respuesta para ésta, mi imbecilidad. Evidentemente lo que busco es un reproche eterno, inerme y sin sentido pues es el sentido que usted, querido ser humano, le ha querido dar. Que no estoy de acuerdo con su forma de actuar es bien ya sabido, al menos eso trato de dejar claro en estas líneas, que por otro lado, solo pueden ser esnifadas por los no masoquistas, quienes buscan la manera de librarse de las inicuas pulguitas primero y del abominable monstrito después.

Querido homo sapiens, tenga la amabilidad, al menos, de contarme por qué le gusta tanto la ignominia y andar rascándose todo el tiempo donde lo muerden las pulgas, cuénteme por qué jamás intentó con contundencia deshacerse del monstrito que con el tiempo se hará monstruo y como lo deje usted seguir alimentándose de esa manera tan abrupta llegará a ser Monstruote. Amabilísimo ser de telencéfalo altamente desarrollado, dígame para qué le sirvió ser dios, ser el supremo animal. Para qué si ahora vaga por los vagones de un tren: triste, aburrido, ensimismado, muerto en vida, mutilado por un par de auriculares, dependiente corporal de un aparatito con teclas, luces y sonido. ¿Para eso quería usted tener pulgares oponibles? Detestable. Sin embargo tengo una pequeñísima esperanza en usted porque, aunque me avergüence decirlo, se parece mucho a mí y básicamente tenemos similares necesidades aunque yo no concibo como puede usted considerar como necesidad algunas futiles actividades que repite insistentemente.

Le escribo desde mi encierro porque no lo soporto pero a la vez lo quiero, no soporto su sumisión. Le escribo para desearle el mejor ánimo pues lo necesita, aunque se lo merece por su infinita estupidez, por su masoquismo incesante. Algún día, vivo o muerto, se dará cuenta de que no necesitaba dominar el mundo para ser feliz. Ahora lo domina y vive en una sempiterna disputa llena de odio y envidias, vive matando, mata para vivir y en otras latitudes mata para que no lo maten. Usted como yo, sólo necesitamos comer, dormir y satisfacer los deseos lascivos de la carne, entonces no se empecine en tener automóviles de lujo, un televisor encendido 16 horas al día, y un montón de fruslerías que a la postre (también) son innecesarias. Desde ya vaticino que si no es capaz de apegarse al desapego, su vida será un tortuoso preámbulo de la muerte y su muerte la entrada a una eternidad de lamentaciones. Quería escribirle al principio algo con sentido pero frente a su caminar (y accionar) fatuo ¿Cómo responder? Pues con mi veleidad por lo absurdo. Que tenga mucha suerte.